Magazin Literario-Pagina 2

 

                                                                                                Pereira, Colombia -  Edición: 4 - Domingo - 3 de octubre - 2019

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 Gastronomía Borgiana

 

 

 

apretar tres veces el gatillo del “pesado revólver”.

 

Estará de acuerdo conmigo en que nadie como Borges para cultivar enemigos y sembrar odios que ponían en riesgo su integridad aristocrática. Bastó que regresara de Europa, joven, con los ojos llenos de luz, experimentara la vanguardia en cinco o seis poemas y publicara Fervor de Buenos Aires, para que los enemigos empezaran a acecharlo.

 

Roberto Arlt se burlaba de él y lo que él representaba: Florida, ese fino conventillo literario afecto a los museos que tenía escasos lectores. Y un escritor sin lectores, presume Arlt en su mirada rabiosa, no existe, no merece existir. Arribó al puerto de Buenos Aires un polaco y llegó con la misión de enrostrar a los argentinos su carácter de extranjeros, el lugar de su bastardía. Borges, escribe Gombrowicz en su Diario, “Era algo adicional, como pegado, un ornamento”. Expulsado de los anaqueles de la Biblioteca Nacional por la familia Perón, Borges conoce la infamia del poder cuando, en calidad de inspector de aves, examinaba toda suerte de animales vertebrados en las mercaderías y comprendió, no sin asco, que la literatura es también un espacio para el oprobio. Escribe “La fiesta del monstruo” y “El simulacro”; sin saberlo, había fundado la variante de una escritura política.

 

Borges afinó el arte de la invectiva acodado en la elusión y la metáfora. No todos sus enemigos lo comprendían y por eso lo dejaron envejecer. ¿Por qué tantos laberintos, tantos libros apócrifos que agradecer, tantos caminos que se bifurcan, tantos relojes de arena que anuncian el tiempo del ajedrez?, interrogaban, al azar, los otros, los mismos. Pero sus enemigos, lo sabe usted, señor Cercas, le temían, porque un hombre que había soñado el vasto universo en la oscuridad de sus ojos y comprobado la existencia y el secreto del caleidoscopio en un sótano de la calle Garay, tenía que ser un hombre indestructible, capaz de prefigurar en sus sueños la derrota de sus adversarios y de paso herir a muerte con su precisa escritura: “Las balas de sus comas, las puñaladas de sus comas –reconoce, indefenso, Rodrigo Fresán¬– siempre impactan en el sitio justo”. Sus adversarios comprendieron, con cierta cobarde esperanza, que en cualquier caso Borges hacía tiempo se venía muriendo y era mejor esperar que su propia naturaleza se corrompiera, que recuperara sus antiguos rostros, para apreciar en ellos el secreto de su inmortal belleza.

 

Reconozco, señor Cercas, que su receta antropófaga publicada en su columna “Palos de ciego” alteró mi apetito, mis prejuicios sobre la angustia de las influencias. “¿Palos de ciego?”. Quizá sólo sea parte de mi neurosis, pero encuentro en ese nombre un cierto aire borgiano. Si Eco revela en sus Apostillas la ecuación Biblioteca + Ciego = Borges, también podría usted revelarnos la suya: Palos + Ciego = Borges, sobre todo si repasamos aquellos versos del Poema de los dones: “Lento en mi sombra, la penumbra hueca/ Exploro con el báculo indeciso,/ Yo, que me figuraba el Paraíso/ Bajo la especie de una biblioteca”. Borges, con sus “ojos sin luz”, buscaba, sin fatigarse, una “alta y honda biblioteca ciega”.

 

Sospecho que cada escritor fatiga sin rumbo, y a su manera, los confines de esa biblioteca, acaso porque, como usted deja dicho, de Borges “no hay que dejar ni los huesos”.
¡Qué sano resulta comer en su mesa! Gracias por sus consejos gastronómicos.
Hasta otro banquete,
 

RGil

 

 

Rigoberto Gil Montoya

 

Rigoberto Gil Montoya (narrador, ensayista y profesor). Profesor titular de la Facultad de Ciencias de la Educación en la Escuela de Español y Comunicación Audiovisual. Asimismo es profesor del Doctorado en Literatura (UTP) y de las maestrías en Literatura y en Estética y Creación de la Facultad de Bellas Artes y Humanidades de la Universidad Tecnológica de Pereira. Director del grupo de investigación estudios regionales sobre literatura y cultura avalado por Colciencias. Su trabajo literario acumula varias publicaciones a nivel nacional como El laberinto de las secretas angustias (1992), La urbanidad de las especies (1996); Perros de paja (Cine Club, Borges, 2000); Nido de cóndores: aspectos de la vida cotidiana de Pereira en los años veinte (Ministerio de Cultura, 2002); Retazos de ciudad (Universidad de Caldas, 2002); Pereira: visión caleidoscópica (Instituto de Cultura, 2002); Plop (Sic, Editorial, 2004); Guía del paseante (Secretaría de Cultura de Caldas, 2005); Territorios (Ediciones Sin Nombre, México, 2010); Mi unicornio azul (Universidad de Antioquia, 2014) y El museo de la calle Donceles (Universidad Javeriana, 2015)

 

 

 

La biblioteca de babel está lista para que la gran memoria de Funes se integre a los relojes de arena que Borges, después de muerto, guarda en una dimensión escondida que lo devolverá a la realidad de la que desapareció en el tiempo preciso.

 

Los senderos se bifurcan para su aparición. Aun así, entre la bruma del olvido, siempre hay una lámpara alumbrando la oscuridad y el misterio encerrado en la figura de una leyenda de la literatura argentina. Por suerte, Borges no tiene deudas pendientes y más bien, parece ser que la critica especializada quiere darse un banquete con un legado histórico tan grande como el de Cervantes en España. De otra manera, "Borges es lo que Cervantes fue en España": un fantasma del que muchos quieren librarse o en el mejor de los casos como dice Tabarovsky convertirse en "maquinas antiborgeanas" que luchan en contra de su influencia, a pesar de degustar sus platos fuertes.

 

El articulo del señor Cercas: "Borges en salsa picante", es directo y de un gusto excelente, ya que el lector se encuentra con una realidad difícil de negar: a los maestros hay que asimilarlos para que, "tanto al menos como en ellos mismos, sobrevivan en nosotros, convertidos en carne de nuestra carne".

 

Por una vía distinta, el profesor Rigoberto Gil articula en su "Matar a Borges" el texto de Cercas para coincidir con el autor en esa necesidad de acercarse y alejarse de Borges, admitiendo que el procedimiento es necesario para librarse de la hegemonía patriarcal Borgeana, en un hecho de eliminación y consumo de las calorías energéticas de su vasto universo literario.

 

El ensayo de Rigoberto Gil tiene la fuerza y el vigor de una prosa poética que busca anclarse siempre, para contextualizar sobre ese monstruo de la literatura argentina. Por eso, la referencia al final del ensayo es tan clara: "sospecho que cada escritor fatiga sin rumbo, y a su manera, los confines de esa biblioteca, acaso porque, como usted deja dicho, de Borges "no hay que dejar ni los huesos”.
 

Matar a Borges

Ensayo inédito

 

Por Rigoberto Gil Montoya

 

Admirado Javier Cercas:

Leí su texto “Borges en salsa picante”, publicado en El País de España (28/11/2010). Dice usted

 

 

Fotografia tomada de google 254 octubre de 2019

 

 que “Borges o el fantasma de Borges está más vivo que nunca” y que a pesar de que los argentinos y los no argentinos seguimos empeñados en matarlo, no lo conseguimos, acaso porque “No es fácil matar a Borges”, dice usted, y porque, además, no es fácil matar a un fantasma poderoso. Tiene razón. Por otro lado, los hechos literarios demuestran que Borges es quien suele matar con facilidad a sus adversarios. “las deudas se pagan”, confiesa Eco en sus Apostillas, a propósito de que hubiera escogido a un ciego para que custodiase la biblioteca hexagonal de la abadía benedictina. Después, el semiólogo italiano confiesa algo terrible para la seguridad de los lectores: “Pero cuando puse a Jorge en la biblioteca aún no sabía que el asesino era él. Por decirlo así, todo lo hizo él solo”. Un asesino que no requiere de estímulo. ¡Vaya mente criminal, educada en las oscuridades del Apocalipsis!

Menuda tarea la que usted propone, en especial cuando sugiere que al viejo Borges habría que descuartizarlo, desollarlo, condimentarlo, bañarlo en salsa picante y engullirlo con exquisito placer gótico. No habla usted de la digestión, pero todos sabemos que será una digestión lenta, pesada, como corresponde a un plato cuyo sabor nos atrofiará para siempre el paladar, tanto, que hará indignos otros platos, incluyendo el arroz a la cazuela y el entrecot al roquefort que en Soldados de Salamina su personaje Aguirre disfruta con envidiable disposición.

 

Trajo usted a mi memoria un relato-ensayo de Rodrigo Fresán en el que cuenta una divertida anécdota: “El día que casi mato a Borges”. Fresán previene al lector diciendo que la suya es “una historia verdadera”, es decir, un relato real. Cuenta que al protagonizar en plena calle la pelea número quinientos con su novia, ésta lo abofeteó y emprendió la fuga. Como era necesario protagonizar la pelea número quinientos uno y seguir abochornándose en la calle, el muchacho de “veinte y pico de años” corrió como loco detrás de la chica, pero al doblar una esquina se llevó por delante a “un anciano liviano”. Era Borges, que de nuevo hacía realidad sus frases célebres, como aquella según la cual, cuando era un niño “siempre quise ser invisible”.

 

El muchacho comprueba, estremecido, que aquel anciano tirado boca arriba en el piso, que se queja con grititos de dolor y que jamás se desprende de su bastón, era el venerado

 

Jorge Luis Borges, retrato de Dante Sabogal. Fotografía tomada de google 21 octubre de 2019

 

residente de Palermo. El destino había unido a un muchacho que aspiraba a ser escritor, aunque se complicaba los días con una chica que quinientas veces insistió en no verlo, con el destino de un ilustre hombre al que no vio pasar por la calle. Un choque fatal con la literatura, pensó, un fatal incidente que podía entorpecer su novel carrera literaria, porque “qué sentido tenía ya escribir algo si yo iba a pasar a la historia como aquel que mató a Borges”, se cuestiona.

 

Para su fortuna, Borges sobrevivió al golpe y decidió morirse, años después, en Ginebra, como atañe a un argentino que hablaba perfectamente el francés, según Bioy.

 

Cuánto valía en realidad matar a Borges? La pregunta, escritor Cercas, la lanzo desde Colombia, un país de feria donde suele pagarse módicas sumas de dinero por ordenar el crimen de alguien. La cifra en monedas de zahir, por eliminar al hombre que juzgó que ser colombiano es un acto de fe, la desconozco. La cifra, en cambio, en el mercado de la literatura, es infinita, como el libro de arena, como ese vasto laberinto infernal que es el desierto. Tarea harto difícil, porque Borges solía escribir para corromper el velo que aparta la ficción de lo real, y porque él, en sí mismo, parecía inexistente; no me extraña del todo sus afectos por Priam Farll, el incurable tímido de Enterrado en vida, la novela de Enoch Bennett, al tiempo que defendía, como heroica, la actitud de Bartleby en el relato de Melville.
 

Borges, ambos lo sabemos, era un poco liviano en sus adjetivos, un tanto borroso en sus pesadillas, un poco camaleónico en esa fórmula suya de ser otro, o el mismo: “yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica”, decía Borges. Un hombre que confesaba no saber “cuál de los dos” escribía sus páginas y que

 

Óleo de Jorge Luis Borges. Fotografía tomada de google 25 octubre de 2019

 

tenía perfecta conciencia de “…un yo plural y de una sola sombra”, no podía ser un hombre de fiar, ni tan manso cuando se detenía en la  

sustancia de la flor de Coleridge. A propósito, señor Cercas: ¿habita en los inolvidables inquilinos de la señora Workman ese yo plural, esa pálida ceniza vaga que se parece al sueño y al olvido?

 

Sus muchos enemigos sabían que vivía en el piso seis de la calle Maipú, en el 994 y conocían al dedillo sus rutinas. Sabían qué confiterías frecuentaba, qué dulces le regresaban la imagen de su hermana Norah, qué temas le ocupaban su memoria, qué instantes de la vida lo hacían aún estremecer. Habría sido fácil esperarlo a la entrada del edificio, saludarlo con afectada cortesía y ofrecerle nuestro brazo, como un “báculo indeciso”, mientras le preguntábamos por su amistad con Macedonio. Aunque era un ciego perspicaz, de la especie de los ciegos que Fernando Vidal Olmos seguía con pavoroso frenesí por las calles bonaerenses, Borges se dejaba llevar, porque le interesaba la desazón, el peligro, él, que lo vivió en La piedra lunar de Wilkie Collins, él, que había leído en Las nuevas noches árabes de Stevenson que la proximidad de la muerte “rodea de una aureola de viril nobleza aun al criminal más empedernido”. Dejarse llevar, para él, era comprobar hasta dónde se atrevía a llegar el ser perverso, él, que se refirió a Kurtz, el personaje de Conrad, como el “abominable”.

 

Sospecho, señor Cercas, que habría sido fácil desaparecerlo, sobre todo en Buenos Aires, donde la dictadura militar dejó instalados, como parte de una arquitectura del Nunca más, centros clandestinos de detención y afinó el viejo arte de infligir dolor al cuerpo en sótanos húmedos. Y el cuerpo de Borges estaba cansado, había padecido los rigores del insomnio que padeció Funes, había recorrido antiguas geografías célticas, y cada vez que viajaba en busca de rastros de escritura y nuevas cartografías, regresaba fatigado, más débil y por eso hablaba en susurro, apoyado en frases cabalísticas. Habría sido fácil asesinarlo en un arrabal, a cuchilladas o llevarlo a un viejo hotel cercano a un puerto y contratar a una mujer vengativa, entrenada en las astucias de Emma Zunz y hablarle de justicias y armonías, antes de

 

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